Homo homini lupus

 


«Los actos fueron monstruosos, pero el autor era bastante corriente; ni demoníaco ni monstruoso.»

Hannah Arendt — Eichmann en Jerusalén

«Quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno.»

Friedrich Nietzsche — Más allá del bien y del mal

 

Asistimos a una degradación sin precedentes del lenguaje. El inquietante regreso de los fanatismos y de la intolerancia, alimentado no solo por la desaparición de auténticos foros de debate público, sino también por la normalización de la mentira como herramienta política, viene acompañado por la paulatina descomposición de nuestra lengua. El enconamiento de posturas ideológicas irreconciliables no es un fenómeno espontáneo ni accidental, sino que ha sido amplificado, premiado y legitimado por los algoritmos de las redes sociales, diseñados para privilegiar la indignación sobre la verdad y la viralidad sobre nuestra capacidad de reflexión.

Estas plataformas, concebidas en principio como espacios de interacción y diálogo, se han transfigurado en un terreno fértil para la manipulación de los hechos y la exaltación de los instintos más tenebrosos. En ellas prosperan hoy quienes encuentran placer en el sufrimiento ajeno: sujetos que se recrean en la perversidad ejercida contra los vulnerables, que celebran la vileza de los crímenes más abyectos y que, amparados en el anonimato llegan a justificar o glorificar atentados contra la vida del adversario político.

Este fenómeno no se explica solo por falta de educación o poca capacidad intelectual. Por el contrario, la exaltación de la malicia y del odio ideológico rara vez vienen asociados a la ausencia de inteligencia. En muchos casos, se trata de discursos elaborados de forma cuidadosa, diseñados para provocar, polarizar y obtener visibilidad en un ecosistema digital que premia la confrontación por encima de la reflexión. Así, las redes sociales se han convertido en un moderno Shangri-La para fanáticos, donde el algoritmo no solo amplifica el conflicto, sino que lo convierte en espectáculo.

Decía Cioran, que el instinto humano siente la "necesidad de hacer daño, de disminuir al otro". A menudo los que se presentan como cuidadores del rebaño, los moralistas y los prescriptores de la decencia, no son más que lobos con piel de cordero. Esta idea se ve plasmada como nunca en el famoso aforismo del mismo filósofo rumano: "En cada hombre duerme un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de maldad en el mundo". Muchas decisiones arbitrarias tomadas desde la inconsciencia propia de los automatismos de la vida moderna tienen efectos negativos sobre la salud de nuestra convivencia; muchas decisiones arbitrarias tomadas con rapidez y escasa capacidad de reflexión no conducen a nuestra mejora como sociedad, sino a un mayor sufrimiento.

¿Cómo cambiar esta tendencia? No soy sociólogo ni tengo recetas infalibles para solucionarlo todo, pero creo que podríamos empezar en las escuelas. En este punto siempre me acuerdo de Antonio Escohotado: “Un pueblo no es rico porque tenga petróleo o diamantes, un pueblo es rico porque tiene educación”.La educación es el arma más poderosa que puedes utilizar para cambiar el mundo”, enunció Nelson Mandela durante su discurso en Madison Park High School, en Boston, el 23 de junio de 1990. En este momento histórico donde impera tanto el cinismo entre las clases dominantes no está de más recordar la frase del líder sudafricano.

¿Educar para qué?, cabría preguntarse. ¿Para adoctrinar en el rencor y en el odio a la diferencia? ¿Un educar para enfrentarnos los unos a los otros? Esta parece ser la tendencia entre los “programas docentes” de esta generación. Hay maestros de todo pelaje; algunos muy dignos y esforzados, unos pocos brillantes, y algunos que se encuentran entre las personas más reaccionarias y acientíficas que he conocido nunca. Es cierto, el conocimiento puede cambiar el mundo y, al mismo tiempo, dejarlo tal cual. ¿Estamos de acuerdo en que la sociedad europea ha avanzado en cuestiones de inclusividad y accesibilidad? Nuestra sociedad ha alcanzado cotas de libertad y prosperidad sin precedentes. Hasta hace poco, estábamos todos de acuerdo en que existía mayor integración y respeto hacia las minorías. Sin embargo, el lobo comienza a asomar la patita cada vez con más frecuencia. Seguimos tropezando una y otra vez con la misma piedra. El rencor, la envidia, el odio cerval al diferente. Homo homini lupus, Plauto dixit. No hemos aprendido nada de los errores cometidos en el pasado. En el movimiento pendular de la historia, vivimos en una época no muy distante a la del año 39 del siglo pasado. Paciencia.

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