“Aprended primero a agradecer y así podréis pensar”
Martin Heidegger
Si observamos el universo con los ojos del
conocimiento nos damos cuenta de que las cosas son inmutables y, del mismo
modo, están sujetas a constantes cambios. Mirar al cielo cada noche debería ser
una prueba suficiente de nuestra propia insignificancia como especie. El cielo
nocturno nos desnuda y nos enfrenta a la maravilla. Nos mantiene reunidos en el
asombro si somos capaces de levantar la cabeza de la pantallita.
Es nuestra capacidad de admiración, que sigue intacta ante la vastedad de lo
infinito.
"El saber es la única
propiedad que no puede ser arrebatada." — Antístenes. Ergo cogito
sum, en el latinajo célebre de Descartes. Claro que saber debe significar algo
más que acumular fechas y datos. Debe significar aprendizaje desde la
experiencia. Más que un deber ser, estudiar es una necesidad de aliviar nuestra
soledad y nuestra ignorancia. Además, tal y como sugirió John Stuart Mill, la
única manera de saber algo a ciencia cierta es estar dispuesto a escuchar lo
que los demás tienen que decir al respecto. Ocurre que no existe un
conocimiento individual o el conocimiento particular de cada uno. Así nos lo ha
hecho saber Steven Pinker en su último libro, When Everyone Knows That
Everyone Knows. El conocimiento es el mar de la humanidad, es el campo de
la humanidad, es el estado general de la existencia. Conocemos porque los demás
conocen. Sabemos porque los demás saben que sabemos.
Hay hombres que piensan que lo que
puede cambiar el mundo es la acción. Sus acciones. Es tal la arrogancia que se
lanzan a actuar sobre las cosas con vocación de cambiarlas: Hombres de acción,
se llaman. Sin haber leído un libro. Conviven con los autoproclamados
revolucionarios de las redes sociales, iPhone en ristre. Un ejército de youtubers
e influencers que sueltan frases del tipo; Te voy a dar tres claves para
cambiar tu vida. Sic transit gloria mundi.
Si alguien me pidiese que realizara
un diagnóstico de la sociedad actual, diría que se encuentra en un niwazume,
(la vigilia del jardín), estado que adoptan los yakuza cuando han
perdido a su familia y están buscando quien les pueda acoger. Diría que existe
una falta de comprensión profunda sobre asuntos como la economía, la religión,
el honor y la belleza.
El maestro zen, Kane Surukawa, dijo
que la belleza solo puede ser contemplada con el paso del tiempo. Nace en
equilibrio con todas las cosas. A esto lo llamaremos armonía. No hay armonía en
las prisas. Para observarla se debe alcanzar un alto grado de concentración que
es incompatible con las numerosas distracciones de nuestro tiempo. En la era de
la reproducción mecánica la belleza se ha desacralizado hasta convertirse en un
objeto de consumo. El deseo de tener es una expresión profunda del ser. Poseer
algo es un anhelo de ese conocimiento incompleto. Desearlo es una ambición del
inconsciente colectivo. Los pobres quieren dejar de ser pobres sin saber que
eso los haría ricos. Quieren convertirse en eso mismo que detestan. Si no, que
se lo pregunten a la familia Iglesias-Montero, que estafó a millones de ilusos
para poder hacer la revolución del proletariado desde el resort de esquí y X
Premium (antiguo Twitter).
Hoy, muchos creen que la belleza
puede alcanzarse sin diseño, sin violencia, sin estudio, por serendipia. El
jardín japonés es un ejemplo de lo contrario. El jardín es una meditación
trascendental del espíritu. La calma aparente del 日本庭園 (Nihon-Teien) recrea las condiciones de equilibrio y asimetría de la
filosofía Zen Wabi-sabi. Roca, arena, grava, arces y musgo
dispuestos de tal manera que imita nuestro deseo de pensamiento en orden. Un
microcosmos diseñado para apaciguar la mente y conectar al observador con la
belleza que toma prestada (shizen) de la naturaleza. La belleza
es una elevación y un querer elevarse por encima de lo profano. A esto lo
llamaremos inspiración. Solo hay que prestar atención. Byung – Chul Han
escribió a propósito de la belleza en la filosofía de Simone Weil: “Existe una
realidad elevada, existe una trascendencia que puede sacarnos de una vida
completamente desprovista de sentido”. ¿No se da cuenta de que él mismo es un
ejemplo?
Hermosa es también la fuerza
creativa de la destrucción. Es el caos que desencadena el big bang. Y a
pesar del caos, en el aparente desorden —o quizá precisamente gracias a su
inexplicable inmanencia — el cosmos revela una paradoja más profunda: la
capacidad de tejer desde el abismo órdenes perdurables. Sistemas como el
lenguaje, la pareja o la familia son actos de rebeldía metafísica,
constelaciones en frágil equilibrio que se aferran a la existencia, desafiando
con tenaz serenidad la corriente de entropía, el fin de toda forma. Lo que
destruye es también lo que engendra, y en el corazón del colapso, sobre sus
ruinas, está el origen de toda estética duradera.
Este mundo que observo me
parece cada día más horrible, más infame, menos bello. Quizás debido a una
falta de reflexión sobre las causas profundas de la belleza. Nos fijamos en su
carácter, en su apariencia dócil, aunque esta belleza puede haber sido alcanzada
a base de auténticos martillazos. Me refiero a la belleza de un mármol tallado
por Miguel Ángel. Me refiero a la luz que cubre ese mármol con sus delicados
haces. Me refiero a la belleza de un árbol que se yergue solitario a la entrada
de un pueblo y cobija a su paso a los caminantes. Una belleza áspera y de
corteza rugosa que ha sido cincelada por el murmullo del viento durante
milenios. Al final me pregunto si ese árbol es tan bello porque el resto de los
árboles han sido talados a su alrededor. Si esta es la despiadada ley de la
naturaleza.
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