En la cima del Monte Parnaso

 


Cuando era más joven pensaba que podría escribir un libro de poesía. Quizás varios. Era preciosista con las palabras. Mis poemas gustaban a los compañeros de clase y a mis profesoras de bachillerato. Escribía cartas de amor para mis amigas. Durante mi tercer año de carrera en la universidad londinense donde residía, escribí en la lengua de Shakespeare un relato fantástico titulado Adieu, mon ego. Gracias a él, gané varios premios y una recomendación para estudiar Escritura Creativa en la Universidad de Cardiff. Albergaba ciertas aspiraciones literarias. Incluso creo que algunas de aquellas escaramuzas en prosa poética tuvieron mérito. Hasta que un buen día leí a Lord Tennyson. Desde que descubrí su Ulysses, siento un profundo respeto por la literatura; un respeto reverencial. No era un miedo paralizante, pero sí me alejó de los papeles y los cuadernos durante un tiempo, convencido de que nunca sería lo suficientemente bueno como para que alguien me leyera con la misma devoción que yo profesaba a Shelley, Dylan Thomas, Yeats, Rimbaud, Whitman, Baudelaire, Lorca y Gil de Biedma.

No me equivocaba. Estoy convencido de que le he ahorrado al mundo otro ejercicio de mediocridad solipsista.

Reproduzco aquí ahora, en forma de breve homenaje a aquel niño que fui, otro ensueño convertido en relato fantástico. No se lo tomen ustedes muy a pecho. Recuerdo con cariño a ese crío que fantaseaba con hacerse mayor para escribir sus mejores hexámetros.

Cuando era niño me encontré a dos hombres en la cima del monte Parnaso. Dos bardos que vivían sin mayores pretensiones entre los vestigios de un imperio en ruinas. Había seguido el rastro hasta allí, sus huellas clavadas firmemente sobre la arena, hasta toparme con sus pies descalzos: los encontré sentados mientras remendaban un par de sandalias viejas. Lucían barbas de varias semanas y una tez morena y ajada bajo sus túnicas blancas.

Me observaron en silencio durante varios segundos, escudriñándome de arriba abajo con cierta extrañeza, como queriendo averiguar mis intenciones. Después, sus facciones parecieron relajarse y hablaron los dos al unísono como si fuesen la voz de mi conciencia:

«Mil versos he escrito con esta misma mano. Mil versos olvidé. Nunca te entregues a este oficio, hijo mío. No le importamos a nadie. Nadie guardará el recuerdo de tu nombre. Acabarás triste, solo y arruinado. Gracias por el consuelo de tu visita. Ya puedes marcharte en paz. Vuelve por donde has venido. Este no es lugar para un niño».


                                                                                                                                   























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