Polytropos - πολύτροπος
Bajé de aquella montaña con una sola convicción: Ser poeta era peor que ser un perro abandonado. Durante meses vagué por el desierto sin encontrar el camino de regreso a casa. Las horas me parecieron días, los días me parecieron años. Sobrevivía gracias a la generosidad de los habitantes del Ática: pan duro y aceite.
Andaba ensimismado desde el amanecer hasta la puesta de sol y cada día se parecía al anterior. De pronto, una mañana, distinguí a lo lejos unas figuras blancas que rompían la monotonía del paisaje. Me acerqué, prudente, para averiguar de quién se trataba. Una voz narraba episodios de la historia antigua como los recogidos por Heródoto, Jenofonte, Tucídides y Polibio. Me hallé ante un grupo de jóvenes que me devolvía las miradas curiosas sin apartar su atención de aquel sabio. Me senté en una piedra y permanecí muy quieto. Sus palabras me inspiraron un profundo estado de duermevela, hasta el punto de que en algunos momentos no sabía si seguía despierto o estaba soñando. Más tarde supe que aquel hombre se llamaba Demóstenes. Su capacidad oratoria era extraordinaria a pesar de no haber superado un leve tartamudeo.
No sabría decir cuánto tiempo transcurrió desde mi llegada hasta que me marché, pero había sido tanto que empezaba a sentir los primeros desajustes en mi cuerpo. Al despertarme de mi letargo había sufrido las consabidas transformaciones que afectan a todos los niños que transitan de la infancia a la edad adulta. Sentía dolores en las rodillas, tenía vello en la barba, un extraño ensanchamiento en hombros y brazos, y lucía una mandíbula pronunciada. Recuerda, hijo, me había dicho el filósofo al despedirse - «Cuando una batalla está perdida, solo los que han huido pueden combatir en la siguiente» -.
El paisaje cambió a medida que avanzaba hacia la costa. Me quedé absorto mirando el horizonte por un largo rato, embriagado por el olor a humedad y a lavanda. El calor y la frondosidad del sotobosque se hicieron más intensos, y cuando pensé que sufriría un desmayo debido a la deshidratación, me encontré con dos amables mujeres que me dieron de beber vino y me dirigieron hacia el Kynósarges, un famoso gimnasio público y santuario dedicado a Heracles situado a las afueras de Atenas.
Allí presencié con deleite el discurso de un tipo desaliñado que se llamaba Antístenes. Su oratoria me provocaba una risa incontenible. La alegría se desvaneció cuando el noble viejo sufrió un grave ataque de apoplejía. Antes de dormirme aquella noche me sobrevino un último pensamiento: «Un día de estos voy a morir sin dejar el menor rastro. La vida es efímera y se puede acabar de un plumazo. Más vale no dejarme nada por experimentar en este mundo. Debo recordar cada nombre, cada ciudad, cada rostro. Espero vivir otra jornada para contarlo. Pobre Antístenes».
La ira de Ares
En el valle del río Eurotas conocí a un hombre de mirada impenetrable y gesto severo que resultó ser el primer gobernador de Esparta, un tal Licurgo. Me pareció un imbécil legendario. «¿Quién se muestra cruel con un joven?», pensé. Esparta resultó ser una especie de cuartel-manicomio y mi estancia en ella se redujo a la breve y escasa cosecha de la cebada. Jornadas suficientes como para contemplar las palizas que recibían los niños reclutados en los barracones a la tierna edad de siete años. Se los llevaban para realizar la Agogé, un programa traumático que se prolongaba hasta la edad de veinte años y los veía convertidos en temibles soldados. También eran habituales las violaciones rituales de mujeres. Los espartanos escenificaban el rapto de sus propias esposas a las que rapaban y vestían con ropas y sandalias de hombre antes de forzarlas durante la noche. Por si fuera poco, eran incapaces de mantener una conversación más allá de dos o tres palabras. Era célebre el laconismo de sus gentes, que se expresaban a menudo con monosílabos. Marché de aquel lugar atroz sin mirar atrás, pero con una honda huella en el espíritu. Esa misma mañana, tropecé con una falange espartana que regresaba del campo de batalla. Varios soldados transportaban a una docena de ilotas maltrechos en una cuerda de prisioneros. Aparté la vista para evitar compartir su sufrimiento.
De regreso a Atenas, encontré una ciudad en llamas donde había cadáveres chamuscados por todas partes; me asomaba al abismo de mi primera gran guerra. El dolor se me hacía insoportable. Dejé la ciudad sobre mis hombros y recordé los primeros versos de la Ilíada que todavía hoy puedo recitar de memoria: "Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos dolores a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves”. Antes de darme cuenta el sol se había puesto y las sombras habían cubierto todo el camino.
Las ideas de Atenas murieron de éxito. Admiradas durante tanto tiempo en el Mediterráneo, habían quedado relegadas por la envidia de sus vecinos atrasados e incultos. Un poco como le había pasado a Tebas en su momento. Tras las victorias del beotarca Epaminondas en Leuctra y en Mesenia, las alianzas de los pueblos vecinos atrajeron la ruina a Tebas hasta que esta fue finalmente destruida por Filipo II de Macedonia. Allí destacó como valiente estratega su joven hijo, un tal Alejandro. Antes —según recogerían Heródoto, Estrabón y Diodoro Sículo—, le había pasado algo parecido a la próspera Síbaris en su lucha contra la despreciable ciudad de Crotona. Situada en el golfo de Tarento, Síbaris se hizo famosa por su inmensa riqueza y su lujo extremo. Sus habitantes cultivaban el placer y el refinamiento. De ahí deriva el término sibarita, asociado a las personas amantes del placer exquisito. Sus vecinos de Crotona no pudieron soportar durante más tiempo la comparación. Decidieron que era buena idea raptar a los mejores hombres y mujeres de Síbaris con la esperanza de equipararse a ellos en riqueza. En el año 510 a.C. tuvo lugar el enfrentamiento militar definitivo en el que los crotoniatas llegaron incluso a desviar el cauce del río Cratis para dejar a sus enemigos sin agua corriente. Crotona no consiguió su objetivo y desapareció en la noche del tiempo. Sic transit gloria mundi.
Hablo de memoria, pero creo que no me equivoco al afirmar que lo mismo sucedió antes con hicsos, nubios, libios y asirios en sus reiteradas invasiones contra la Tebas egipcia. Destruidos por el odio y la codicia estos pueblos siguen viviendo hoy en la miseria. Puede que esta sea la tendencia natural del ser humano. La envidia y los celos son fuerzas al menos tan poderosas como el amor. La envidia como uno de los principales motores del cambio, aunque en un pasado no muy remoto fuese considerada pecado capital para los cristianos. Huelga decir que el cambio no es siempre para mejor y que la humanidad ha sufrido involuciones profundas a lo largo del tiempo. Antes de los catorce años, yo estaba del lado de Esparta, Crotona y Asiria: como buen bárbaro. A partir de ese momento, comenzó a fraguarse en mí un pensamiento más refinado.



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