Capitalismo humano - Un sistema emergente
En
física, la emergencia se describe como
un
conjunto
de propiedades
y fenómenos
complejos a gran escala que surgen a partir de las interacciones
colectivas de componentes microscópicos más simples. Un sistema
emergente es aquel en el que "el todo es mayor que la suma de
sus partes", lo que vendría
a significar
que no se pueden predecir las propiedades del nuevo sistema
simplemente estudiando sus componentes básicos de forma aislada. Es,
por lo tanto, sinónimo de creciente
complejidad
y se contrapone
a lo simple.
El
físico británico, Brian Cox, ilustra de forma brillante el concepto
de emergencia utilizando el agua (H₂O). Si aislamos una sola
molécula de agua vemos que está formada por dos átomos de
hidrógeno y uno de oxígeno unidos entre sí. Desde una perspectiva
puramente reduccionista, este
elemento posee
propiedades como masa y peso
molecular específicos.
Sin
embargo, si se reúnen miles de millones de estas moléculas, surge
una propiedad completamente nueva: la humedad. El concepto de estar
"mojado"
no existe en una sola molécula de agua. Solo surge cuando muchas
moléculas interactúan colectivamente a escala macroscópica. El
comportamiento del estado líquido -su
fluidez, tensión superficial, estructura,
etc.-
es una propiedad emergente.
El
capitalismo —o economía de mercado libre— funciona de manera
análoga. No es un sistema diseñado por un planificador omnisciente,
sino un orden espontáneo que emerge de millones de decisiones
individuales: la
cantidad de datos que se genera en estas relaciones de intercambios
voluntarios es
casi infinita. El mercado está hecho de bienes y
servicios,
innovación,
ahorro (un
agio para espíritus prudentes),
inversión
y emprendimiento. Como explicaron Carl Menger y Friedrich Hayek, el
orden económico surge de la acción humana pero no de un diseño
humano centralizado. En
este sistema espontáneo los
precios actúan como señales que coordinan conocimiento disperso, y
la división del trabajo genera una prosperidad que ninguna mente
individual podría llegar
a planificar.
Este
sistema produce propiedades emergentes notables: innovación
tecnológica acelerada, reducción masiva de la pobreza global,
aumento de la esperanza de vida y una compleja red de cooperación
entre extraños. Estudiando solo el
caso de un
individuo aislado —su trabajo o sus
patrones de consumo—,
no se puede predecir la riqueza colectiva ni la dinámica creativa de
un
determinado sector económico, de un país, de una región, o del
comercio
internacional.
Otra
poderosa propiedad emergente es el precio. La
teoría marxista del valor-trabajo (LTV) afirma que el valor de una
mercancía está determinado objetivamente por la cantidad de trabajo
socialmente necesario incorporado en ella. De ahí deriva la teoría
del plusvalor que
se desarrolla principalmente en el tomo I de la obra principal de
Karl
Marx,
El Capital, publicada en 1867:
el capitalista paga al trabajador solo el valor de su fuerza de
trabajo (salario de subsistencia), pero extrae más valor del que
paga, apropiándose del “plusvalor” como ganancia. Esto se
presenta aquí
como una
forma de explotación
inherente.
Esta
construcción teórica
falla
por tres razones fundamentales, destacadas por la Escuela Austríaca,
la
economía neoclásica (marginalista) y las corrientes
postkeynesianas:
En
otras palabras,
el
valor es subjetivo, no objetivo ni está
determinado por el trabajo. Carl Menger, fundador de la Escuela
Austríaca, demostró que el valor surge de las valoraciones
subjetivas de los individuos según sus preferencias y la
escasez
de
un producto
(utilidad marginal decreciente). El trabajo no confiere valor
automáticamente; un bien vale lo que los consumidores están
dispuestos a pagar por él. Un diamante encontrado casualmente vale
lo mismo que uno extraído con mucho trabajo. Una
paloma pintada por Picasso vale mucho más que una pintada por tu
vecina del quinto, aunque ella le haya dedicado quince horas más que
el malagueño.
Invertir trabajo en algo no demandado (ej. nudos inútiles en una
cuerda) no genera valor por
sí mismo.
La LTV ignora que los bienes de orden superior (herramientas,
maquinaria,
capital)
derivan su valor de los bienes de consumo final.
Los
capitalistas no pueden
“robar”
el
plusvalor
por
una cuestión muy sencilla: porque
esta
no
es
una magnitud cuantificable que
pueda incluirse en un presupuesto ni anotarse
en una contabilidad;
los
capitalistas asumen
riesgos, proporcionan capital y adelantan los
salarios
(Böhm-Bawerk): Los trabajadores reciben un
pago
inmediato por su trabajo, mientras los capitalistas esperan la venta
del producto final, asumen
pérdidas potenciales y coordinan los
factores de producción a
lo largo del proceso.
La ganancia compensa el
riesgo asumido por el empresario y la preferencia
temporal (interés) asociado
a esa
incertidumbre,
nunca
una explotación del
trabajador.
Eugen von Böhm-Bawerk demolió la teoría marxista del plusvalor
mostrando inconsistencias internas, como el problema de la
transformación (valores en precios) y la ignorancia del rol del
capital y el tiempo. Thomas Sowell, en su análisis de Marx, resalta
cómo este ignoró incentivos reales, conocimiento disperso y
trade-offs económicos, llevando a establecer
predicciones
fallidas como
certezas.
La
“necesidad social” marxista esconde juicios subjetivos y se
reduce a la
libre valoración de la
oferta y la
demanda
(Nozick): Robert Nozick señaló que el calificador “socialmente
necesario” en la LTV de Marx no está bien definido y depende en
última instancia de la demanda del mercado. Sin ella, el trabajo no
genera valor. Esto convierte la LTV en una descripción imprecisa y
circular de la realidad del mercado, y
no
en
una teoría objetiva independiente. Es
decir, no
existe un método objetivo para calcular qué es una necesidad social
genuina sin imponer los valores de unos sobre otros. Además,
la noción de explotación ignora que en un sistema voluntario nadie
fuerza a nadie; las ganancias surgen de intercambios mutuamente
beneficiosos. La
intervención estatal debe restringirse a solucionar los
incumplimientos contractuales cuando existan perjuicios para alguna
de las partes.
Estas
fallas explican por qué los intentos de implementar economías
basadas en la LTV y la abolición de la propiedad privada han
generado miseria y autoritarismo, mientras el capitalismo emergente
ha elevado los estándares de vida hasta
cotas insospechadas.
Los
cincuenta países más desarrollados del planeta son los que tienen
economías más libres y abiertas.
Hacia un Capitalismo Humano.
El capitalismo no necesita quien lo defienda. Hacerlo sería como defender la ley de la gravedad, el sol que nos calienta o el viento que erosiona las montañas. No es una doctrina política, ni un dogma, ni un proyecto ideológico, ni un invento de teóricos. Es un orden espontáneo que atiende a las normas básicas de la física elemental. Un fenómeno emergente que brota de la propia naturaleza de una realidad compleja: a saber, millones de seres humanos persiguiendo fines distintos con conocimiento disperso y recursos escasos. Nadie lo dirige. Y precisamente por eso, funciona. Cada intento de someterlo a un diseño central produce, en vez del paraíso prometido, cataclismos proporcionales a la ambición del planificador. La historia del siglo XX es, en buena medida, el registro doloroso de esa recurrente hybris: la pretensión de sustituir el orden espontáneo por la razón constructivista. Cuanto más se fuerza la naturaleza del sistema, más brutal es el retroceso. El capitalismo es, entre todos los regímenes económicos conocidos, el menos coactivo. No porque sea dulce, suave como un peluchito o benévolo por esencia, sino porque canaliza la energía del ingenio humano —ese impulso insaciable por mejorar la propia condición— a través de la cooperación voluntaria y el intercambio pacífico. Su única regla elemental es ridículamente simple: las personas tienen necesidades y deseos, y esos deseos sólo pueden satisfacerse produciendo lo que otros valoran. Los pobres no aspiran a la pobreza; aspiran a dejar de ser pobres.
Ciertamente, podemos estudiar, comprender y analizar los mecanismos que operan en las economías avanzadas y observar los comportamientos humanos desde el afán legítimo de querer mejorar el sistema. Pero pretender controlarlo o modificarlo sustancialmente desde un ministerio o con una serie de boletines es de una arrogancia supina, equivalente a intentar la división del átomo en la feria científica del colegio, y tan ridículo como si una neurona pretendiese rediseñar el córtex al que pertenece.
Llamar “injusta” a la desigualdad que emana
de estos
procesos
de intercambio
es tan incoherente como calificar de inmoral la colisión entre dos
moléculas o decir
que la
segunda ley de la termodinámica nos
parece antipática.
La moralidad pertenece al ámbito de las acciones humanas
individuales, no al resultado agregado e imprevisible de millones de
ellas. El capitalismo no es perfecto. Nada humano lo es. Pero es el
sistema que mejor ha sabido transformar
el egoísmo natural del ser
humano
en un motor de beneficio mutuo, y la escasez crónica en una historia
de progreso material sin precedentes. No pide fe. Solo hay
que dejarlo
actuar.
El
capitalismo no es solo eficiencia económica; para funcionar
plenamente y de manera sostenible debe revestirse de humanidad.
Requiere de
relaciones
interpersonales y familiares fuertes que fomenten confianza,
cooperación y transmisión de valores. Una sociedad basada en reglas
claras (Estado de Derecho),
responsabilidad individual y libertad personal, maximiza el potencial
emergente del orden espontáneo. Sin ética, familia y comunidad, el
sistema puede generar desigualdades percibidas o alienación; con
ellas, produce prosperidad compartida, alta
movilidad
social
y
dignidad humana. Como
enfatiza Thomas Sowell, el enfoque en los intercambios beneficiosos
en un sistema de incentivos y recompensas a los más capaces e
industriosos nos permite garantizar dignidad y servicios para los más
vulnerables. La
evidencia empírica, en
lugar de visiones utópicas, es clave para un capitalismo que esté
al servicio del ser humano.
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